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Proyectos

VALLADOLID -Hogar la Porciúncula

VALLADOLID -Hogar la Porciúncula

Hace ya cinco años, cuatro hermanos capuchinos pusieron en marcha en la ciudad de Valladolid una nueva fraternidad ante los retos que la propia unificación de la Provincia planteaba. No se trataba de ningún proyecto novedoso o pionero, más bien la toma de conciencia de que se podía vivir, compartir y trabajar desde unas coordenadas bien concretas: trasparencia, confianza, diálogo, interdependencia, acogida, preocupación por el hermano y sus necesidades, búsqueda de Dios en común… y un marcado carácter social

Entendían los hermanos que los cambios profundos que está experimentando la sociedad exigían un nuevo posicionamiento. De esta forma y, en repetidos diálogos, siempre aparecía, de manera recurrente, una misma idea: compartir la vida con aquellos que más necesitan vivir. Aquellas personas que, por distintas circunstancias de la vida, se han visto obligadas a abandonar su patria, su familia, su cultura… para embarcarse en una aventura desconocida y, en muchas ocasiones, adversa y hostil. El idioma, la carencia de trabajo, la cultura, la falta de referentes familiares y sociales, generalmente, juegan un papel determinante en la integración de estas personas.

Ante esta nueva toma de contacto con la realidad vallisoletana se vio la urgencia, no solo de poner en práctica la obra de misericordia “hospedad al forastero”, sino que se percibía como una necesidad humanitaria, el atender una carencia tan básica como es la falta de un lugar donde poder dormir y vivir. De esta forma, surgió el proyecto Hogar la Porciúncula. Un proyecto que tiene como principal objetivo acoger a personas inmigrantes y ofrecerles, no solo una vivienda digna, sino la ayuda necesaria para lograr sus aspiraciones y deseos. 

El proyecto se ubica a espaldas de la Iglesia María Reina de la Paz de Valladolid, es propiedad de los hermanos menores capuchinos y dispone de cuatro habitaciones, salón, cocina y dos baños. Desde un primer momento, se vio la necesidad de dar un uso social a esta vivienda que estaba vacía. Por el proyecto han pasado hasta el día de hoy nueve chicos -Angelo, Mohamed O., Mohamed, Adolfo, Asomka, Gossy, Moha, Adil, Khalil- de distinta nacionalidad (Marruecos, Ghana, Portugal, Camerún…), cultura y religión. 

Su trayectoria ha sido muy diversa: varios de ellos cumplieron el plazo de estancia en el piso (seis meses, prorrogable otros seis), otros decidieron voluntariamente dejarlo y otros alcanzaron los objetivos de autonomía e independencia propuestos, logrando el permiso de residencia y un trabajo; actualmente dos de ellos siguen luchando por alcanzarla y, a comienzo del curso, se incorporarán otros dos hasta completar el piso.

La esperanza franciscana no es ingenua, ni deja en manos de Dios lo que podemos hacer nosotros; es conocedora de las dificultades que existen para lograr la integración en la sociedad: la propia problemática personal, las dependencias nocivas difíciles de superar, la responsabilidad en las decisiones tomadas, las trabas sociales…Todos estos factores hacen que no siempre se logre lo que se desea.

A todos ellos se les proporciona una asignación semanal para que puedan comprar y compartir los alimentos. Se tiene en cuenta que sean personas autónomas, responsables, serias y maduras, que no tengan ningún tipo de adicción o enfermedad mental que dificulte la convivencia o requieran de otros profesionales en su acompañamiento.

La acogida de los chicos por lo general sigue el mismo patrón: alguna ONG, conocedora del recurso, se pone en contacto con nosotros para ver la disponibilidad, seguidamente tenemos un primer encuentro/entrevista con la persona, para ver en qué situación personal se encuentra y si el recurso que demanda es el más idóneo para él. Posteriormente, le invitamos a casa a comer y se le acoge en el piso. Intentando por todos los medios que, ya desde el primer momento, se sienta integrado en la propia fraternidad y en el piso con sus compañeros. Esta toma de contacto con organizaciones que llevan más tiempo trabajando en el área social, nos está permitiendo el trabajo en red, la implicación de todos en el acompañamiento de los jóvenes, adquirir una visión más real de la situación de las personas, maximizar los esfuerzos y recursos para la obtención de los resultados…

Si antes decíamos que la esperanza franciscana no es ingenua, del mismo modo decimos que es esa misma esperanza la que permite nuevamente seguir creyendo en las personas, en sus posibilidades, en sus grandezas, en sus deseos de transformación y cambio, con la ayuda necesaria.

Aunque, en primera instancia, el proyecto trata de cubrir las necesidades básicas de la persona: vivienda, comida, ayuda en la tramitación de la documentación hasta adquirir el permiso de residencia… el objetivo, más general e importante, es proporcionar un referente afectivo, un sostén vital donde las personas encuentren la acogida y cariño necesarios para poder hacer frente a las dificultades que se van planteando. 

El contacto con las personas siempre proporciona ayuda y enseñanzas mutuas que muchas veces pasan desapercibidas, porque no son tan evidentes, ni visuales como dar comida o vivienda; sin embargo, son las que nos permiten seguir avanzando en el camino, sorteando las dificultades. Hemos aprendido a alegrarnos y compartir la alegría, a llenarnos de paciencia, a tolerar la frustración cuando las cosas no salen bien, a escuchar y dar una palabra de aliento y esperanza, compartir otras visiones de la vida, otra cultura… lo que en un principio era un proyecto para poder ayudar a la gente, casi sin quererlo, se ha convertido en una ayuda y estímulo para la propia fraternidad. Salir de nosotros mismos, de nuestro pequeño y reducido mundo, de nuestra área de confort, para compartir la vida con quien más sufre, siempre proporciona y regala enseñanzas de incalculable valor.

La Porciúncula fue, y sigue siendo, el origen del movimiento franciscano. En esta “porcioncita” de Iglesia, tan amada por Francisco, los franciscanos recuerdan sus orígenes sencillos, humildes, pobres, sin pretensiones, sin fama, sin aplausos… Recuerdan el fuego de hogar, el cariño de la familia, la alegría del compartir, la vida en la libertad.

Por eso, aprovechamos la ocasión para valorar el cariño y agradecer de corazón a estos hermanos nuestros todo lo que nos han enseñado a lo largo de estos años. Compartir esta experiencia con todos vosotros, hace que tomemos conciencia de que, a pesar de la distancia, a pesar de que no conozcamos a las personas, en alguna parte del mundo hay una relación que lo transforma y lo hace más humano y más digno. Muchas gracias.

Hermanos de la Fraternidad de Valladolid

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