Trabajar en un hogar de acogida de menores en situación de vulnerabilidad nos ha enseñado que nuestra labor va mucho más allá de cubrir necesidades básicas. Cada niño y adolescente llega con una historia marcada por ausencias y heridas profundas, y nuestra responsabilidad principal es acompañarlos con sencillez, estar presentes de forma constante y ofrecerles un espacio seguro donde puedan sentirse acogidos y reconocidos.
El acompañamiento diario es el eje de nuestro trabajo. Caminar junto a ellos desde la cercanía, respetar sus tiempos, escuchar sus silencios y sostenerlos en los momentos de mayor fragilidad permite que la confianza se construya poco a poco. Cuando un menor descubre que hay adultos disponibles, coherentes y comprometidos, empieza a creer que él tampoco tiene que rendirse.
En el Hogar San Francisco de Asís apostamos por la transmisión de valores vividos en lo cotidiano: el respeto mutuo, la responsabilidad compartida, el cuidado del otro y la capacidad de vivir en fraternidad, aprendiendo unos de otros. Estos valores se aprenden conviviendo, compartiendo lo que somos y afrontando juntos las dificultades del día a día, y se convierten en herramientas esenciales para una relación sana consigo mismos y con la sociedad.
El seguimiento individualizado nos permite mirar a cada menor como una persona única, con talentos, miedos y sueños propios. Acompañar sus procesos educativos, emocionales y personales es una tarea exigente, muchas veces silenciosa, pero profundamente necesaria. Cada pequeño avance, aunque no siempre visible, es un paso hacia una vida más estable y digna.
Uno de los mayores retos es fortalecer la autoestima. Muchos menores han crecido pensando que no valen o que no merecen oportunidades. Ayudarles a descubrir su valor, reconocer sus capacidades y confiar en sus posibilidades es una labor transformadora que devuelve dignidad y abre caminos.
No siempre alcanzamos los objetivos que nos proponemos. Hay momentos de cansancio, frustración y retrocesos. Aun así, creemos que rendirse no es una opción. Cada gesto de cuidado, cada palabra dicha con respeto y cada límite puesto con coherencia deja huella, aunque no sea inmediata. La esperanza se sostiene en la paciencia, en la fidelidad al acompañamiento y en la confianza de que sembrar siempre merece la pena.
Creemos en el desarrollo de la autonomía y la confianza personal. No se trata de decidir por ellos, sino de caminar a su lado, ayudarles a asumir responsabilidades, a aprender del error y a levantarse cada vez que tropiezan.
Todo este proceso es posible gracias al compromiso constante del equipo humano y al valor del voluntariado, cuya presencia generosa amplía la red de cuidado y cercanía. Profesionales y voluntarios, cada uno desde su lugar, construimos un entorno sencillo y fraterno donde crecer es posible, convencidos de que el pasado no determina el futuro y de que, mientras haya acompañamiento, comunidad y compromiso compartido, siempre habrá esperanza.