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Tomar conciencia...

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Tomar conciencia para rebelarnos ante la “gran desvinculación”

Dice la Fundación Foessa, perteneciente a Cáritas Española y responsable del ya octavo informe sobre exclusión y desarrollo social en España, que existe un grave riesgo, si es que no estamos viviendo ya sus entremeses, de que la sociedad española se quiebre. A este proceso le llaman la “gran desvinculación” y nada tiene que ver con la unidad de España a la que se refieren habitualmente los políticos.

En Foessa llevan elaborando informes más de cincuenta años, desde 1965, y dibujando tanto a nivel cuantitativo como cualitativo el mapa de la exclusión en nuestro país. En este último informe, recorren un extenso número de rasgos que conforman las nuevas pobrezas de la era de la “postcrisis”: el reto intergeneracional y el sistema de la dependencia, la falta de vivienda como elemento fundamental de exclusión, la especial situación de la mujer, la vulnerabilidad específica que viven las personas extranjeras y migrantes… Es un informe rico en datos y que requiere de un acercamiento pausado y profundo para poder extraer herramientas para la comprensión y la intervención en nuestra tarea de acompañar a los descartados.

Al equipo de SERCADE nos han preocupado muchos de los datos que recoge, especialmente en los que se refieren a los cuatro grupos de población con los que trabajamos: mayores, personas sin hogar, migrantes y menores. Estamos también a la expectativa de los informes territoriales que sacarán a lo largo de los próximos meses. Y también hemos querido ser críticos con la poca o nula relevancia que los investigadores le dan al reto ambiental. Fieles a nuestros valores creemos que hoy en día es imposible ofrecer un marco de comprensión completo de cualquier fenómeno, sin aludir al impacto del cambio climático, de los modelos de consumo, etc. Es decir, sin una mirada que incorpore la ecología integral. Sin embargo, nos hemos querido detener en el marco de entendimiento y posicionamiento de la sociedad hacia la pobreza que el informe desliza sobretodo en su primer capítulo “La gran desvinculación: ¿Cómo se está produciendo la transición del modelo social?

Dicen los investigadores que “aunque la acción de una comunidad mundial de cientos de millones de personas no está desprovista de contradicciones y errores, en su conjunto la acción de las Iglesias cristianas ha generado inspiración, participación e iniciativas orientadas a promover la justicia social, el bienestar material y la cooperación internacional” (pág. 49). Se refieren al influjo de la tradición cristiana en la conformación de un compost ético que ha nutrido buena parte de la conciencia y la acción de solidaridad de la sociedad europea. Durante años, incluso desde postulados laicos, el trasfondo de la tradición cristiana ha sido el germen de movimientos muy relevantes en la adquisición y demanda de derechos sociales: el asociacionismo sindical, la lucha obrera, el sistema de prestaciones sociales universales y el amparo de los más pobres, la participación política, la abolición de la deuda externa y el sistema de ayuda oficial al desarrollo y de cooperación internacional, etc. son solamente algunos ejemplos de luchas importantes en las que lo cristiano ha estado presente directa o indirectamente. Hemos sido el Pepito Grillo de la sociedad que recordaba eso de que “bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos; bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios; bienaventurados los misericordiosos, por ellos alcanzarán misericordia… (Mt. 5). Hemos sido el amigo pesado que te estropea la fiesta recordándote que alguien se ha quedado fuera e indicando que, si no les abrimos a ellos la puerta, la fiesta es un insulto.

Sin embargo, parece que el influjo no solamente de la tradición cristiana sino también de otros paradigmas de comprensión de lo colectivo desde lo colectivo va disminuyendo y dando paso a perspectivas más individualistas, particularistas y reactivas. Dicen en el informe que “es preciso destacar el incremento de actitudes que pretenden defender el supuesto interés local frente al resto. La historia parece mostrar que las situaciones de crisis económicas severas suelen alimentar las posiciones excluyentes o reactivas de quienes se ven más perjudicados por ellas y que buscan identificar algún “chivo expiatorio” sobre el que descargar su frustración (pág. 71).

Parece ser que en España no ha calado todavía demasiado hondo “el rechazo hacia quienes se encuentran en una situación socioeconómica más frágil (inmigrantes sin trabajo, familias pobres, indigentes, transeúntes, miembros de la etnia gitana, etc.) y que por ello demandan más recursos sociales” (pág. 71); sin embargo la tendencia europea nos parece avisar del peligro y también lo hacen algunos otros sucesos recientes de la política y la sociedad españolas: el auge populista, la utilización de la migración como chivo expiatorio, la falta de respuesta al reto del envejecimiento y la falta de natalidad, la paulatina precarización de las condiciones laborales y de vida del conjunto de la clase media, etc. En una de sus afirmaciones más demoledoras, el informe dice que “en la sociedad actual, la solidaridad es percibida como un valor positivo, pero suele faltar la motivación para defenderla con un compromiso firme que pueda conllevar renuncias o sacrificios personales significativos o la necesidad de asumir el inevitable coste que conlleva la participación en toda organización colectiva (pág. 73).

Dicen numerosos pensadores de lo social (Zygmunt Baumann, Alain Touraine, Jean Baudrillard, etc.) que en la postmodernidad en la que vivimos existe un cambio filosófico y ético notable que va desechando paradigmas tradicionales que fueron marcos de referencia para moverse en la sociedad y en las relaciones humanas. En un momento histórico y social en que el individuo como ser singular es centro de interés; el valor de lo colectivo como elemento sobre el que medirnos y al que incorporar nuestros focos de interés va disminuyendo. La autoestima se sacraliza para construir empalizadas ante la posibilidad de ser atacado; la nación se ensalza como refugio de seguridad de lo colectivo pero siempre frente al otro colectivo que nos da cada vez más miedo y provoca mares que ya son más cementerios que conjunciones del primero del plural latino; y la comunicación se deshumaniza y sumergida en la búsqueda del instante, del clickbait, del efecto más a corto plazo se olvida de contextos, de historias que se cuecen a fuego lento y que requieren ejercitar la empatía para comprender lo que no es moda en cada segundo. Cada modelo social configura también una elección en las facultades que sus ciudadanos desarrollarán.

No pretendemos hacer una enmienda a la totalidad para convertirnos en el señor que envejeció sentado en su butacón mirando al mundo en la pantalla de su televisor con desdén, siempre desde la barrera, regocijándose en el chisme y el embuste. Pero viviendo la vida del lado de los descartados, tampoco podemos regocijarnos de cuan preparadas están las generaciones más jóvenes, de cuan creativo es el mundo digital y de las posibilidades que nos ofrece, y de cuan generoso es el Norte global con el Sur global actual si hacemos una comparativa histórica. Tanto el informe Foessa como muchos otros estudios indican que la juventud participa cada vez menos en acciones y entidades de ayuda social, que existe una brecha enorme entre las personas en exclusión social y el acceso y su significancia en entornos y dispositivos digitales y que la desigualdad en el mundo no hace más que crecer. El debate, seguro, es complejo.

Dice Adela Cortina en su magnífico libro (Aporofobia, el rechazo al pobre) que “es imposible indicar con el dedo la democracia, la libertad, la conciencia, el totalitarismo, la belleza, la hospitalidad o el capitalismo financiero; como es imposible señalar físicamente la xenofobia, el racismo, la misoginia, la homofobia, la cristianofobia o la islamofobia. Por eso, estas realidades sociales necesitan nombres que nos permitan reconocerlas para saber de su existencia, para poder analizarlas y tomar posición ante ellas.” La lectura del VIII Informe Foessa no hace más que constatar que el reto de la atención a la exclusión es un reto vigente hoy en día. Es un reclamo para toda la sociedad y un imperativo que nos cuestiona los modos de actuar y de manifestarnos de las entidades sociales. Debemos encontrar mejores maneras de comunicar, de sensibilizar, de revincular a seres humanos para ser conscientes que a la fiesta estamos invitados todos y todas. Seguro que el mundo de mañana será imposible si no somos capaces de frenar la polución y cambiar la matriz energética que liquida recursos no renovables; pero también seguro que el mundo de mañana será invivible si no somos capaces de construir una verdadera fraternidad universal desde el cuidado y el reconocimiento del otro, que sufre, que es pobre, que es extranjero, que es viejo… pero que es persona.

Xabier Parra, director de SERCADE

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